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Psicoterapia Corporal
e Orgonomia 
desde Wilhelm Reich

¿Aspirina + Antibiótico = SIDA?

Dr. Carlos Inza

 

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Podrá parecer algo exagerado y alarmista, pero es necesario pensar el problema del SIDA desde la perspectiva de lo que realmente es: una catástrofe biológica que amenaza nuestra existencia y nos obliga a revisar si las concepciones vigentes acerca del cuidado de nuestra salud son correctas. No es tan raro que una enfermedad como el SIDA cause estragos y se difunda con tamaña impunidad, especialmente si se considera que hasta la presentación en sociedad de esta moderna epidemia se encuentra influida por una equivocada manera de “leer” la problemática de la salud y la enfermedad.

Es falsa la suposición consistente en “creer” que el responsable del Sida es la maléfica aparición de un retrovirus que produce la inhibición del sistema inmunológico de los afectados. En la mayoría de los casos ocurre exactamente al revés: es el fallo primitivo del sistema inmunológico el que “invita” al virus, que en todo caso está asociado a la enfermedad. Esta podría ser la historia habitual, que en términos biológicos resulta mucho más lógica que la explicación oficial. Está claro que aquí se exceptúan los mecanismos de transmisión consistentes en inyección de sangre contaminada o contacto con mucosas muy deterioradas porque en esos casos -al anularse las primeras barreras de accionar inmunológico-  no hay defensa que valga.

Para llegar al fondo del problema planteado en esta nota es necesario abstraerse por ahora de otros “detalles” del fenómeno-Sida que en otra oportunidad serán desarrollados aunque no sean menos importantes. Tal es el caso de la fantástica campaña anti-sexual y el millonario negocio de las drogas que acompañan inexorablemente a la palabra SIDA: estas consideraciones quedan para otro momento, al igual que las posibilidades que ofrece la medicina energética para tratar tanto a los enfermos de Sida como a los llamados “portadores sanos”.

Pero a pesar de excluir momentáneamente estos temas es importante “ambientar” la nota diciendo que la forma de presentar en sociedad el problema (sin duda existe y la situación de los afectados es dramática) presenta la típica metodología del terrorismo psicológico. El asunto es trabajar sobre el miedo de los receptores del mensaje para inducir emociones terroríficas y paralizarlos, no para lograr respuestas racionales y comprometer a la sociedad en su conjunto desde un lugar donde predominen miradas claras y acciones decididas. De hecho, el mensaje más claro que logran emitir las organizaciones destinadas a trabajar en el tema es: ¡cuidado con el sexo!.

Es bueno ponerse en guardia contra tanta “generosidad” cuando uno escucha la palabra “flagelo” en boca o manos de un comunicador social, porque seguro que a continuación viene la venta de algún buzón terrible y tirando a perverso. Esta es una señal inequívoca de manipulación, por lo general descarada, y de ignorancia acerca de lo que se está hablando. No duden que detrás de “flagelo” o “terrible mal” viene todo el equipo en pleno: la “indiscutible” autoridad de los académicos, la perversa teología  de la culpa o la redención por el dolor y por último, si fuera necesario, la contundente materialidad de algún organismo de “seguridad”.

Pero bueno, por ahora dejemos estos temas tan peligrosos como discutibles y tratemos de comprender, al menos, una de las razones por la cual el Sida se ha extendido con tanta facilidad. Y especialmente tengamos en cuenta las características biológicas de las dos generaciones mayoritariamente afectadas por la enfermedad: los grupos de edad  comprendidos entre los 15 y los 45 años aunque también los más pequeños, en este último caso por “contagio” desde la madre.

Hay algo de común en estos grupos: se trata de personas que podrían revistar sin dificultad en la categoría de “inválidos biológicos”.  O sea: aquellos que tienen su sistema inmunológico paralizado o adormecido por las consecuencias de un largo “adiestramiento” que comienza en los primeros meses de la vida y luego se prolonga indefinidamente hasta ser aceptado como práctica rutinariamente correcta. La referencia alude a la utilización masiva, y por lo general innecesaria, de dos tipos de medicamentos: el grupo de los analgésicos antifebriles (ácido acetilsalicílico o aspirina como representante) y el grupo de los quimioterápicos anti-infecciosos (los antibióticos portando la bandera). Como la medicina energética no implica fanatismo religioso, ésta es buena ocasión para reconocer que se trata de medicamentos formidables y sumamente útiles cuando se los utiliza correctamente. Pero lamentablemente no ocurre así: incluso dentro de la ortodoxia alopática lo habitual es equivocarse en su prescripción, tal cual podrá comprobarse con facilidad si se consultan los más prestigiados tratados de farmacología y medicina interna.

Todos sabemos que un arma tan potente como los antibióticos se recetan o automedican en infecciones banales o cuadros clínicos que ni siquiera merecen la calificación de infecciosos. Es más: resulta cosa de todos los días enterarse que alguna afección ha sido catalogada como de etiología viral (resfríos y gripes, por ejemplo) ¡ y a renglón seguido se recetan antibióticos, cuando es sabido que los virus se divierten mucho con los antibióticos, a quienes seguramente deben usar para jugar a las bolitas !  La necesidad de administrarlos para evitar hipotéticas infecciones secundarias por bacterias tampoco es buen argumento, a no ser que uno se encuentre en la categoría de recién trasplantado o resida habitualmente en un servicio de terapia intensiva. Todo esto sería más o menos gracioso y anecdótico si no estuviera escondiendo que en realidad se está describiendo una gravísima situación sanitaria que amenaza con destruir a la misma especie que la protagoniza.

El uso indiscriminado e inadecuado de los antibióticos (¿repararon en que esta palabra significa anti-vida?)  tiene dos consecuencias gravísimas: la primera es que no permite la maduración del sistema inmunológico, que así pierde la posibilidad de “entrenar” en situaciones fáciles preparándose para las difíciles. La segunda es que desencadena mutaciones defensivas en las bacterias tornándolas resistentes contra el antibiótico administrado, lo cual implica la búsqueda de nuevos antibióticos, más potentes y muchísimo más tóxicos que los primeros. Las reglas del buen curar se infringen de manera sistemática por desconfianza en la capacidad autocurativa de los organismos vivos, lo cual convierte en drama sanitario a los errores individuales de mala praxis. Si bien no hay una estadística de estas “pequeñas equivocaciones”, no es aventurado arriesgar que los antibióticos se utilizan inadecuadamente en el 95% de los casos.

Y ahora viene la fiebre, que por un extraño reflejo condicionado podría transformarse en pura referencia  acerca de la aspirina. Vamos a esquivar esa trampa porque se trata de un medicamento excelente aunque los médicos, los farmacéuticos y los quiosqueros no lo crean. El caso de la fiebre y su bajísimo rating social es asombroso y paradigmático. Esta fantástica arma defensiva desarrollada por los mamíferos ha mantenido viva a la especie desde tiempos remotos gracias a sus tres principales efectos: 1) el aumento de la temperatura corporal por encima de los 37 grados activa notoriamente al sistema inmunológico y eleva su capacidad defensiva; 2) las altas temperaturas “cocinan” a una gran cantidad de virus y bacterias que son incapaces de resistirlas; 3) inmoviliza temporariamente a la persona afectada por un cuadro infeccioso, logrando que todos los esfuerzos sean destinados a la curación. Y sin embargo, tal conjunto de virtudes “está mal visto” por la sociedad, que huye de ella como de un demonio. Es necesario preguntarse acerca de las razones que han originado esta dramática situación que también tiene consecuencias gravísimas para la salud individual y colectiva, ¡ pero lo concreto es que los habitantes de nuestra cultura  asocian a la propia defensa con el enemigo y hablan de la fiebre confundiéndola con la enfermedad !

Está claro que si uno necesita tener fiebre es porque está enfermo, pero el absurdo y lamentable error consiste en creer que la fiebre es un síntoma de la enfermedad, cuando en realidad se trata de una señal indicadora de la fortaleza del organismo para defenderse. También aquí pueden consultarse los textos de medicina interna: en ellos la fiebre o hipertermia no goza de tanto descrédito y ni se menciona la divulgada necesidad de evitarla. Como en la mencionada necesidad de usar antibióticos “por las dudas”, aquí existe el cuco de las convulsiones febriles, una cuestión de respuesta individual que puede evitarse y que tampoco necesita de altas temperaturas cuando se presenta.

Y ahora tenemos el cuadro completo: desde hace ya muchos años se procede sistemáticamente a suprimir el reflejo biológico de la fiebre, reemplazando al sistema inmunológico por una prótesis: los antibióticos. De esta manera se procede a “desaprender” algo que es innato: la defensa en una situación de agresión infecciosa, lo cual implica el dudoso honor de pasar desde la categoría de conocedor a la de ignorante, inmunológicamente hablando. Es evidente que esta dañina metamorfosis ha logrado realizarse gracias a la manipulación del miedo colectivo a la enfermedad y a la voracidad insaciable de la industria farmacéutica. También indica un peligroso bloqueo perceptual de los integrantes de nuestra especie, cuya anestesiada sensibilidad para comprender los fenómenos vitales la pone al borde de una catástrofe biológica.

¿ Cómo no relacionar esta lamentable desviación del funcionamiento natural con la explosión devastadora de una enfermedad como el SIDA ? ¿ Y como no denunciar el gigantesco fraude que intenta perpetrarse con la mentirosa presentación del “flagelo” ? Esta enfermedad no es nueva, solo que hasta hace pocos años figuraba con letra chica en los tratados de medicina, de manera que es necesario preguntarse qué cosa nueva ha ocurrido para explicar su difusión. Y la lamentable novedad no es tan misteriosa: al suprimir los mejores recursos defensivos naturales, se ha debilitado a tal punto al sistema inmunológico que a los más débiles les vasta con ver un virus por televisión para enfermar.

¡ El SIDA no es la causa sino la consecuencia de un desastre inmunológico !

A mediados del 2000, la OMS (Organización Mundial para la Salud) publicó un escalofriante estudio acerca de las consecuencias del uso indiscriminado e inadecuado de los antibióticos. En ese trabajo se recuerda que tanto la tuberculosis como la sífilis han recrudecido y están nuevamente a la ofensiva (cuando ya se las creía controladas), debido a la capacidad de los micro-organismos para mutar ante el exceso de antibióticos. En el mismo informe se sugiere que, de seguir a este paso, la humanidad volverá en menos de veinticinco años a la era pre-antibióticos.

¿ Servirá esto para tomarse la vida en serio y evitar el suicidio de la especie humana ?    ¿ O la salud seguirá siendo “una cuestión de mercado” ?

                                  

                                                           Dr. Carlos Inza

                                                                              http://www.acupuntura-orgon.com.ar

 

 

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